Jorge Macchi
Por Edgardo Rudnitky
Mi primer encuentro con Jorge Macchi fue en 1998, en el marco
del Taller de Experimentación Escénica que reunió
becarios de las artes visuales, la literatura, compositores
y directores teatrales. Jorge era uno de los becarios y yo
coordinaba el taller junto a Rubén Szuchmacher. Es
decir, nos conocimos en lo que era mi territorio, el del teatro
y las artes performáticas. Mi vínculo con las
artes visuales en aquel momento era exiguo y recuerdo que
una de las primeras manifestaciones de Jorge dentro del taller
fue sugerir enfáticamente por no decir “exigir”
que no se hablara de artistas plásticos, término
usado genérica y normalmente en la argentina en aquellas
épocas, sino de artistas visuales (como ven, tomé
esa “sugerencia”). En el transcurso del taller
mi vínculo con las artes visuales creció y se
abrió paso, el vínculo de amistad con Jorge
se solidificó, comenzamos a conversar infinitamente
sobre el arte, el teatro, la música, la vida, compartimos
vacaciones con las familias respectivas, Jorge pasó
a ser “tío Jorge” para mi hijo y fue también
el fotógrafo de mi boda.
A fines de aquel primer año del taller comenzamos a
trabajar juntos en el ámbito del teatro, en proyectos
propios y ajenos, y en su territorio, el de las artes visuales,
hace 10 años que trabajamos en colaboración,
los territorios han perdido sus límites y en lo personal
deseo que esta colaboración no concluya.
Más allá de la lista de obras, creo que el primer
trabajo verdaderamente en colaboración fue el magnífico
proyecto de Jorge, el libro-caja Buenos Aires Tour, Cito a
Jorge en relación a esta obra: “Es una guía
de turismo basado en 8 itinerarios determinados por la rotura
de un vidrio sobre el mapa de Buenos Aires, y sobre los que
se eligieron al azar 46 puntos de interés correspondientes
a otras tantas esquinas. Por supuesto estas esquinas no son
los puntos más interesantes de la ciudad, pero justamente
lo que propone el Buenos Aires Tour es una mirada hacia lo
efímero, mínimo y marginal de Buenos Aires.
Es una guía inútil, basada en las elecciones
e introspecciones de los tres artistas participantes en este
proyecto: Jorge Macchi (fotografías y objetos), María
Negroni, poeta argentina residente en New York (textos) y
Edgardo Rudnitzky (sonidos). La caja consta de la guía
propiamente dicha, un cd rom que permite realizar links entre
los puntos de interés y que incluye los sonidos, un
mapa, postales y reproducciones facsimilares de objetos encontrados.”
Siguieron al BA Tour instalaciones donde los aspectos visuales
y sonoros se funden estructural y perceptivamente en cada
propuesta.
Algo que me resulta muy atractivo en este transcurrir es que
puedo ver la evolución de nuestro trabajo en este tiempo
y es fantástico percibir como se desvanece la línea
entre dos medios, dos cabezas, dos artistas, dos sensibilidades.
Bomb día Jorgito!!!
Un tiempo después de haber recibido la propuesta de
Bomb y dándole vueltas alrededor, sin accionar al respecto,
comencé a entrever que era una buena oportunidad de
retomar parte de nuestro diálogo que suele verse interrumpido
por intercambios sobre cuestiones de la vida que a cada uno
nos ocupan, las urgencias de resolver cuestiones de trabajo
y lo breve de nuestros encuentros espaciados en algún
lugar del mundo.
Así, lentamente me fui acercando a la idea placentera
de simplemente conversar, es más, me tomé el
"trabajo" de leer algunos textos sobre tu obra,
reportajes que te han hecho y algunos textos que vos has escrito
y de recorrer en mi mente fantasmas de nuestras charlas.
Son muchos los puntos en cuestión y varios los que
son recurrentes pero me interesan y en lo personal me apasionan.
La ficción, la música, el arte conceptual, el
azar y su inevitabilidad, lo verdadero y lo verosímil,
lo religioso.
El arte conceptual
EDGARDO RUDNITZKY: Comencemos por el principio.
La primera vez que oí de Macchi fue en Buenos Aires
en el noventa y pico. Quien intentaba hacerme una reseña
de tu persona habló entusiastamente de tu obra y te
calificó de artista conceptual, lo que lejos de entusiasmarme,
alertó mis prejuicios y juicios sobre el arte conceptual,
sin embargo, en ese mismo momento vi unas reproducciones de
algunas de tus obras y me fascinaron, lo que me hizo pensar
que quizás debía rever mis ideas sobre el arte
conceptual o lo tuyo no lo era. En diversas notas periodísticas,
artículos y textos en catálogos se te enuncia
como artista conceptual, neoconceptual, postconceptual. No
me interesan los rótulos pero si quiero que hablemos
de tu pensamiento como artista y tu obra y su relación,
o no, con el llamado arte conceptual.
JORGE MACCHI: Partamos de la base de que
estoy absolutamente en contra de las clasificaciones. Su función
es tranquilizar al espectador. Lo que nosotros hacemos es
de una complejidad que ninguna taxonomía podría
llegar a reducir. Pero bien, es una tendencia totalmente globalizada
y es necesario lidiar con ella. Si consideramos al arte conceptual
como esa tendencia que reduce los aspectos formales y los
subordina a la idea, yo no podría estar más
alejado de eso. En general parto de imágenes que en
un determinado momento encuentran el soporte específico
y que con suerte en algún momento producen ideas en
el espectador. Es decir, en mi caso la idea no es preexistente
a la imagen. Las ideas surgen de un análisis posterior
de las formas. Con respecto a los nombres post o neo conceptual,
ellos son tan amplios que finalmente no son determinantes.
Mi trabajo es el resultado de la superposición de muy
variadas influencias, y no solamente de las provenientes del
arte conceptual. ¿Por qué no tratar de comprender
la complejidad en lugar de reducirla?
ER: Lamento, aunque coincido con vos, no
tener una respuesta. Solo me tomaré la licencia de
citar un breve fragmento del ensayo de Jorge Luis Borges,
El Idioma Analítico de John Wilkins :”…notoriamente
no hay clasificación del universo que no sea arbitraria
y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos que
cosa es el universo”. Y ahora que estamos con Borges,
quien se que es de tus favoritos, recuerdo un libro maravilloso:
FICCIONES, donde existe un universo en el cual creo, podrían
respirar algunas de tus obras.
Ficción
ER: Hay dos textos que escribiste en el
año 2001, uno para el catálogo de la exposición
El final del Eclipse (Fundación telefónica Madrid)
y el otro para la Revista Funámbulos (revista de teatro,
Buenos Aires, 2001) que no hablan aparentemente de lo mismo
pero que creo tienen un fuerte nexo en común.
En el primero hablás acerca de un recorte de una noticia
policial de un diario Londinense que guardás hace años,
cito dos párrafos tuyos de ese texto “No importa
ahora que hice con esa historia. La cito aquí porque
hay en ella dos aspectos que generalmente atraen mi atención:
el accidente y el desecho. Uno hace alusión a la historia
en si; el otro a lo que ocurre en esa historia después
de ser leída en el periódico”…
“Me pregunto si el trabajo sobre el desecho no será
una forma primitiva y degenerada de la fotografía.
De hecho ambos pretenden detener o retrasar el deterioro y
la desaparición”
En el otro texto, la palabra “ficción”
aparece numerosas veces y hablás de que era un período
en que te estabas “acercando peligrosamente al teatro”.
Te cito: “Dije peligrosamente y creo que ese es un término
preciso para definir el temor de un artista visual ante el
fenómeno de una representación teatral.”…”Por
otro lado, y aquí tampoco puedo generalizar, el artista
visual siente cierta desconfianza por la ficción”…
“Quizás soy un poco insistente en el tema pero
una de las cosas más importantes que me dio el taller
de experimentación escénica fue la conciencia
de ficción. Hubo un instante muy preciso en que comencé
a entender algo del fenómeno teatral: leí un
reportaje a Bacon y vi Galileo Galilei en la puesta de Ruben
Szuchmacher. En el reportaje Bacon decía que no solo
enmarcaba sus pinturas sino que también les ponía
vidrio delante, para delimitar perfectamente el ámbito
del artificio…”
Creo que en ambos textos hablás sobre la ficción,
sobre la problemática de la representación.
Ficción y representación a lo Brecht, y quizás
por eso tu mención a Galileo, o desde la Teoría
de los mundos posibles de Dolezel. Como se articula la ficción
en tu obra.
JM: No es casual que vos fueras uno de los
coordinadores de ese taller de experimentación escénica
que hice en el año 1998 y que después de diez
años estemos trabajando juntos en tantos proyectos.
Para mí ese taller fue una experiencia muy importante
y produjo un gran cambio en mi forma de trabajar. En esa época
estaba desarrollando un proyecto que consistía en emitir
radionovelas por porteros eléctricos (interfonos).
Yo estaba obsesionado con que el sonido debía salir
realmente del pequeño parlante, aunque finalmente todo
terminara en un video. Esa necesidad de verdad hizo que tanto
la imagen como el sonido fueran deficientes. La pregunta que
surgió después de mostrar el trabajo fue: ¿era
necesario que la experiencia sea real para que ese video fuera
efectivo? ¿no era mucho mejor potenciar los aspectos
formales aunque la experiencia en sí misma no hubiera
existido?
Recuerdo que en el taller discutimos acerca de la obra de
Walter de María (el kilómetro bajo tierra):
sin duda para el autor fue importante que ese kilómetro
existiera bajo tierra pero para el espectador que solo ve
una ínfima porción de ese kilómetro y
que nunca sabrá si existe o si se termina a los 50
centímetros, esa verdad ¿es realmente importante?
En ese momento el comentario me pareció sacrílego,
un comentario que sólo podía salir de la boca
de una persona dedicada al teatro, es decir a la pura ficción,
a la escenografía. Todo lo que vino después
siempre contuvo una reflexión sobre es pregunta: el
kilómetro de Walter de María siempre está
presente en algún lugar de mi cabeza en el momento
de plantear un nuevo trabajo.
Ese taller me sirvió para darme cuenta que yo también
era un productor de ficción, de un carácter
diferente de la ficción teatral pero ficción
al fin. La consecuencia directa de esto fue la importancia
que comencé a darle a los aspectos formales quizás
en detrimento de la verdad, si se puede decir que algo como
eso existe.
ER: Heidegger dijo que el arte permite que
surja la verdad, esta cita un poco fuera de contexto daría
para una eterna discusión, pero la evitaremos. Creo
que en sí mismo el arte nunca es verdad (ni debe serlo),
es verosímil, es creíble para el espectador
pero no es en si VERDAD. Ahora, los materiales que utilizás,
los soportes, si son verdaderos y a veces además verosímiles,
como cuando trabajás con objetos encontrados o recortes
de diarios o revistas, donde el soporte y la obra se encuentran.
Cómo decidís el soporte y el procedimiento para
cada obra? Cómo surge el material que se concreta en
dibujos y pinturas a diferencia del que surge de materiales
concretos?
JM: La materialidad es justamente lo que
separa irremediablemente para mí las artes visuales
del teatro y fue unos de mis principales problemas en el momento
de encarar escenografías. Mientras que en el escenario
lo que importa es el aspecto externo de un material, es decir,
lo que representa, en las obras que desarrollo fuera del teatro
me importa que ese material sea reconocible. Si trabajo con
una hoja de periódico quiero que se reconozca como
papel de periódico a pesar de mis acciones sobre él,
porque mi interés está puesto en el diálogo
entre ese material y la historia que ese material tiene para
cada espectador. El ejemplo más típico es una
obra llamada Monoblock, un edificio estructurado con páginas
de obituarios vaciados de sus textos en las que sólo
quedan las cruces o las estrellas que determinan la religión
del muerto. Para mí lo importante está en el
choque de la representación del edificio y la realidad
del material. Y hablando de choques creo que ese es el procedimiento
que utilizo en el momento de plantear un trabajo. Como dije
antes todo comienza con una imagen, una especie de sorpresa
en la linealidad de la experiencia cotidiana. Si esa imagen
persiste trato de que sea real, es decir que pase de mi imaginación
a un soporte concreto. El dibujo para mí es el primer
paso de esta transformación y en algunos casos el proceso
no pasa de esta etapa. Son las ocasiones en que la imagen
se transmite de una manera rápida y concreta al papel
y ya no necesita más desarrollo. En otros casos el
dibujo es el comienzo de un proceso de búsqueda del
soporte o el material que logre extraer lo más importante
de esa imagen. Si tengo que decir qué cosas me obsesionan
en ese momento, ellas son la especificidad y la síntesis.
Soy lo contrario de un artista barroco. Termino un trabajo
apenas siento que logré corporizar una imagen.
ER: No barroco pero si una especie de artista
del renacimiento ya que no hay, aparentemente, soporte que
te intimide y en todos fluye un Macchi comunicándose.
Video, fílmico, papel, colage, pintura, dibujo, fotografía,
luz, escultura, performance.
JM: La multiplicidad de soportes tiene que
ver con la relación especifica que trato de establecer
entre imágenes y materiales. Creo que lo importante
debe correr por detrás de la superficie y en ese sentido
poco importa la variedad de medios. En general cuando muestro
trato de hacer convivir obras materialmente muy diferentes.
Mi pretensión es que se perciba un río subterráneo
que pasa a través de todos los objetos aunque yo no
pueda definir el nombre de ese río.
La música
ER: Entre esos elementos la música
aparece recurrentemente en tu obra, pero no me refiero solo
a que tu obra “suene”, sino también a criterios
“compositivos”, de construcción, de recursos
en tu obra que son absolutamente musicales y también
la música como objeto observado.
JM: Tengo una relación bastante conflictiva
con la música o mejor dicho con la producción
de música. Cuando era adolescente decidí aprender
piano. Estudié durante 8 años de manera muy
intensa. Pero tenía dos problemas graves: la falta
de oído y la dificultad para leer partituras. Siempre
admiré a las personas que se ponen enfrente de una
partitura y empiezan a tocar. Eso era algo que a mí
me llevaba meses. Y como era algo tan complicado mi voluntad
me llevaba a aprenderlas de memoria lo más pronto posible.
Pero para conservarlas en la memoria debía tocar todas
las piezas que sabía todos los días; en la medida
que no las tocaba, las olvidaba y debía volver a la
tortura de la partitura. Durante un tiempo no tuve piano y
cuando por fin tuve la posibilidad de tenerlo nuevamente me
sentía incapaz de hacer nada con él: no recordaba
las piezas que en algún momento sabía, no podía
improvisar y no podía leer mis viejas partituras. Sin
embargo recordaba el placer de tocar el instrumento. Los intensos
años de estudio se corresponden con mi adolescencia
y también con la dictadura en Argentina. Quizás
no haya una relación directa entre una cosa y otra
pero hay algo de mi frustración con la música
que relaciono con mi frustración y melancolía
adolescente durante ese período.
Más allá de estas consideraciones la música
aparece en ciertos trabajos porque es un lenguaje esencialmente
formal. Si pienso en el momento en que comenzó un diálogo
más intenso entre las artes visuales y la música,
éste se corresponde con mi acercamiento al teatro,
el descubrimiento de la ficción y con la importancia
que comencé a darle a los aspectos formales.
Volviendo a tu pregunta, es un poco difícil establecer
de qué manera toda esta formación y obsesión
musical se filtra en la construcción de las obras,
pero es posible que elementos musicales como el ritmo, el
contrapunto o la superposición de voces, se traduzcan
en ritmos visuales, superposiciones, yuxtaposiciones y transparencias.
ER: Aunque sabía algo de tu historia
con el piano, es la primera vez que te escucho narrándola
de esta manera. Inmediatamente y aún no se porque,
vino a mi mente tu muestra en Junio de este año en
Peter Kilchmann Gallery, round Midnight (otro título
musical en tu obra, de una larga lista). Esa fue la primera
vez, también, que vi una cantidad importante de dibujos
tuyos. Claro, en varios de ellos está el piano como
objeto representado, pero no es eso, mi sensación al
verlos y ahora al escuchar tu historia, me hace pensar el
dibujo para vos como el piano tocado sin partitura, donde
la música es inmediatez.
JM: Estoy pensando que de no haber sido
por este diálogo bomb nosotros nunca hubiéramos
hablado de esto. Estoy totalmente de acuerdo con lo que decís
y lo extraño es que resulta una sorpresa para mí.
Yo dibujo exactamente como me gustaría tocar el piano:
aparece una imagen y trato de materializarla en el papel lo
más rápido posible, y cuando creo que está
básicamente planteada la dejo en ese estado. No son
dibujos virtuosos, son dibujos apresurados, inmediatos y sobre
todo simples, sin contexto, imágenes flotando en el
blanco del papel. Algo así como la versión perfecta
y simple de Throw it away por Casandra Wilson: un diálogo
entre una voz y un contrabajo.
Azar
ER: Hablaste de tu imposibilidad de improvisar
en el piano. La improvisación en la música podría
tener una doble lectura, desde el que escucha es una suerte
de creación azarosa, instantánea y efímera,
desde el que interpreta, lo instantáneo está
enormemente ligado a la experiencia, las memorias de diversas
índoles y en consecuencia no tan efímera, y
el azar es solo un engaño de la percepción que
hace aparecer, y hasta creer, como encontradas al pasar, notas
y frases. En varios de tus trabajos, quizás el más
emblemático en este sentido sea Buenos Aires Tour,
los materiales encontrados, lo efímero, lo “casual”
se convierte en substancia. Como es el azar para Macchi?
JM: No sé si te pasa lo mismo pero
yo tengo la sensación permanente de que todo puede
cambiar irremediablemente o catastróficamente de un
momento para otro. Es una sensación que tengo sobre
todo cuando camino por la calle y veo a la gente y los autos
pasando y todo parece ordenado como en una coreografía.
No sé si es la influencia del cine catástrofe
o si el cine catástrofe es tan exitoso porque mucha
gente comparte mi sensación. Hace poco hice un trabajo
llamado tiempo real: un reloj supuestamente digital adosado
a la pared cuyos números está conformados por
fósforos que por un proceso de animación muy
rudimentario marcan el tiempo real. Todo transcurre de una
manera fluida a lo largo de veinticuatro horas y por supuesto
ningún fósforo se enciende y destruye la imagen,
pero en todo momento está latente el peligro de una
reacción en cadena. Como te darás cuenta mi
relación con el azar es bastante neurótica.
El azar es lo que no se puede dominar, lo que no se puede
controlar, y si bien en algunos casos el azar trae como consecuencia
situaciones agradables, en general lo relaciono con situaciones
trágicas. Por eso en la ficción que establezco
para mi trabajo puedo controlar el azar, congelarlo, repetirlo.
Incluso cuando la música es consecuencia del azar (aquí
entiendo lo que decís acerca de la improvisación
y el azar), lo que aparece en primer término es un
deseo obsesivo por otorgarle un sentido o una lógica
al sinsentido. Así entiendo el trabajo que desarrollamos
en Buenos Aires Tour: una guía turística de
Buenos Aires basado en un hecho azaroso como la rotura de
un vidrio y cuyo interés está puesto más
en la creación de un sentido antes que en la descripción
superficial de una ciudad.
ER: Si, comparto esa sensación de
que todo puede cambiar irremediablemente (aunque trato de
evitar lo de “catastróficamente”) de un
momento para otro y también comparto esa imagen de
la cotidianeidad donde todo parece dramáticamente ordenado
como en una coreografía, sensación que para
mi se vuelve estremecedora cuando los oídos se encuentran
sumergidos en un “walkman” (palabra antigua, no?)
que modifica la percepción de la carga dramática
según la música va transcurriendo.
Todo es perfecto hasta que el coreógrafo o alguno de
los bailarines se distrae y… ¡zas!.
Destino, karma, sincronicidad, dios?
Siempre recuerdo un inmenso panel en tu taller en el cual
conviven con herramientas, teléfonos de taxis y delivery
de comidas, imágenes religiosas diversas, que también
he encontrado en otros rincones de tu taller y tu casa. Que
vínculo hay con esta imaginería en tu obra?
JM: Ese panel, al contrario que mis trabajos,
fue creciendo de una manera orgánica. Nació
sin un plan, simplemente como una acumulación de imágenes
y textos, fotografías, herramientas y recortes de periódicos
sin relación entre sí. Y hay muchas imágenes
religiosas y mucho humor. Ahora lo miro y podría rastrear
mis intereses, mis temores y mis obsesiones de los últimos
veinte años. Uno de esos recortes dice: Macchi se detendrá
para reflexionar. Me acuerdo perfectamente que encontré
este titular, que obviamente no se refería a mí
sino a un juez de una causa tenebrosa de los años 90,
en un momento en que volvía de una estadía muy
larga y conflictiva en Europa con una necesidad imperiosa
de detenerme a pensar. Ese panel es un diario íntimo
y al mismo tiempo una agenda y un directorio. Imperceptiblemente
se fue transformando en una necesidad. No tiene una relación
directa con las imágenes de mis trabajos, pero es parte
de ese río subterráneo del que hablaba antes:
una sensación o un clima muy difícil de definir
con palabras.
Colaboraciones
ER: Ahora que nos encontramos en Yokohama,
lejos de Berlín y lejos de Buenos Aires, me tienta
hablar del trabajo en colaboración y como se articula.
En ese sentido hemos tenido caminos diferentes, yo desde temprano
comencé a trabajar en colaboración, como percusionista
en la orquesta o grupos de cámara, como compositor
en un estrecho vínculo con los intérpretes y
después mucho tiempo trabajando dentro de las artes
performáticas, pero en los últimos años
fui caminando hacia un trabajo más solitario. En tu
caso, tu trabajo comenzó y fue largamente solitario
y hace algunos años los trabajos en colaboración
comienzan a ocupar más espacio.
JM: La primera vez que trabajé en
colaboración fue en año 1992. En esa ocasión
hicimos con mi amigo David Oubiña un video muy corto
llamado La flecha de Zenon, una obra que me sigue gustando
y que seguimos mostrando. Con ese video sentí que la
autoría se esparcía entre nosotros dos de una
manera muy pareja y natural, cosa que para mí resultaba
inédita acostumbrado como estaba a trabajar solo y
a ser el único responsable de mis obras. La experiencia
teatral me introdujo en otro tipo de colaboración,
en la que cada uno desarrolla un aspecto de la producción
de la obra y donde hay un director que establece el concepto
general, algo que sin duda está presente también
en el cine. Para mí el teatro fue muy importante porque
por primera vez sacrifiqué mis propios intereses y
tendencias en función de un conjunto. Y otro aspecto
importante derivado del fenómeno teatral es el cruce
de las disciplinas artísticas sin caer en la subordinación
de una a otras. Sin dudas las mejores obras son aquellas en
las que el texto, el sonido y los aspectos visuales trabajan
a un mismo nivel pero al mismo tiempo son absolutamente dependientes
los unos de los otros. Esta fue la idea debajo del proyecto
Buenos Aires Tour (2003), que creo fue nuestro primer trabajo
fuera del ámbito del teatro. Después de estos
años de intenso trabajo en colaboración saco
como conclusión que lo que hace posible una interacción
como esta no es simplemente la similitud de intereses o gustos
estéticos. Creo que es fundamental una fuerte relación
de amistad más allá del estrecho terreno del
arte.
ER: Coincidimos absolutamente en eso, creo
que es imposible de otra manera.
JR: Kanpai!
ER: Kanpai!
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