Texto para
el catálogo de la exposición El final del Eclipse
Fundación Telefónica,
Madrid, Septiembre
Desde hace unos años guardo una noticia que recorté
de un diario londinense: “Bebé muerto debajo
de babysitter borracha” (Baby died beneath drunk
babysitter). Al parecer la niñera había
bebido unas sidras de más y se había recostado
sobre el sofá sin percatarse de que el bebé
que cuidaba estaba también allí (me pregunto
quién, además de los implicados en la tragedia
y yo mismo, recuerdan la historia).
No importa ahora qué hice con esa historia. La cito
aquí porque hay en ella dos aspectos que generalmente
atraen mi atención: el accidente y el desecho. Uno
hace alusión a la historia en sí; el otro, a
lo que ocurre con esa historia después de ser leída
en el periódico.
La trágica historia del bebé es uno de los infinitamente
improbables accidentes sobre los que se construye la realidad.
Es vertiginoso pensar en la cantidad de variables que se ajustaron
para que ese hecho sucediera: la salida de los padres, la
cantidad de alcohol, el lugar en el sillón, la hora,
un pequeño desplazamiento del bebé. La única
diferencia con otros hechos quizás menos trágicos,
es que por sus características aparece en el periódico
y así se hace noticia.
Pero la notoriedad de la historia es efímera: la noticia
se olvida al instante siguiente cuando el lector da vuelta
la página y el bebé se pierde entre políticos,
caballos de carrera o personajes de historieta, y se transforma
así en desecho, como el mismo papel del periódico.
Se cierra rápidamente el círculo: conocimiento,
terror y olvido.
No puedo explicar aquí por qué dirijo mi atención
hacia eso que indefectiblemente es dejado de lado: los márgenes,
las noticias policiales y las frases pretenciosamente poéticas
que ilustran sus escenas del horror, las palabras sacadas
de contexto, los mensajes de amor perdidos en el periódico,
los textos de la publicidad, los obituarios, los nombres que
aparecen después del FIN en las películas, los
textos que nadie lee. No puedo explicarlo porque no tengo
la más remota idea del por qué, y no creo que
eso sea lo más importante.
Viéndolo con cierta distancia, no hay tanta diferencia
entre este tipo de desecho y las chapas o maderas que recogía
de la calle y con las que construía objetos diez años
atrás. Son quizás residuos pertenecientes a
diferentes categorías, pero residuos al fin.
Me pregunto si el trabajo sobre el desecho no será
una forma primitiva y degenerada de la fotografía;
de hecho ambos pretenden detener o retrasar el deterioro y
la desaparición.
por Jorge Macchi
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