EL
ÚLTIMO VERANO.
A veces las obras de Jorge Macchi se nos aparecen como una
larga carta de amor. De ésas que uno podría
encontrar escondidas entre las páginas de un libro
viejo en la biblioteca de una casa alquilada durante la temporada
de verano. Son obras sobre la fragilidad de las cosas, sobre
lo que queda del día, aleteos lejanos de quejumbrosa
belleza. Hechas de ausencias que sobrevuelan la escena tan
o más poderosamente que las presencias. Imágenes
tristes que encarnan esa sensación inexorable de estar
encerrado dentro de nuestra cabeza que es la soledad.
En el trabajo de Macchi la palabra clave es desprendimiento.
Macchi empieza con poco, con lo que las olas dejan al romper
sobre las orillas de nuestra conciencia, y termina con menos.
Es un artista de la pérdida y de la nostalgia que ha
construido una obra que nos provoca la sensación de
estar en un lugar absolutamente privado y altamente secreto
y, de golpe, sentir que alguien más está ahí.
Es una presencia íntima sin ser personal. Como un antiguo
amante a quien no veíamos hace años. O mejor
dicho, como su fantasma.
Diciembre
O el instante en que la ola crece
Hay cosas en este mundo que hacen pensar en Macchi: la estela
blanca que deja el avión a chorro al perderse entre
las nubes, los círculos que reverberan en el agua una
vez que la piedrita se hundió, el perfume evaporado
que persiste pegado a las paredes de un frasco de vidrio.
Es un efecto más que un resultado. Si fuera una viruela,
no serían las marcas sobre la piel sino la sensación
de debilidad en las piernas por haber guardado cama. Es lo
que permanece, vibrando. Porque cada obra de Macchi captura
algo que ha perdido solidez. Su material no es la síntesis,
ni el esqueleto de una idea, sino su fantasma: el zumbido
del mosquito en algún lugar detrás de la oreja,
que al tiempo que nos paraliza, nos advierte que darnos vuelta
sería inútil, tanto como intentar rascarnos
nuestra propia espalda.
Es una sustancia que se escurre entre los dedos en el instante
mismo en que intentamos cerrar el puño. En Macchi,
nunca es la forma lo que hace el espacio sino el espacio lo
que deshace a la forma, hasta pulverizarla. Las páginas
de los avisos fúnebres de Monoblock fueron
caladas hasta borrar, una a una, todas las palabras. El nombre,
el último hilo que sostiene a las personas en el mundo,
se esfuma. Quedan unas grillas filiformes tiritando sobre
la pared, edificios, ciudades, cementerios que evocan el espectro
escuálido de la existencia.
Y sin embargo el elemento fantasmal, el aliento en la nuca
de sus obras, apenas asusta. No hay nada de siniestro ni de
aterrador sencillamente porque ellas no han nacido del miedo
sino de la tristeza. En Mar Muerto, laten sobre la
pared, como la melancólica radiografía que registra
una enfermedad, las sombras de unos vasos que contienen sal.
En Vidas Paralelas, dos vidrios se han roto exactamente
de la misma manera: marcas de nacimiento, líneas de
la palma de una mano que se abren y cicatrizan en puntos idénticos,
ríos de dolor que corren por cauces gemelos. Si el
hombre es irremediablemente una isla, estas parejas se nos
presentan no tanto como personajes separados de una misma
vida, sino como elementos de una realidad en tándem,
en la que ninguno podría existir sin el otro. En Still-song
las luces de una bola plateada que giraba dentro de una habitación
han perforado con agujeros la pared. Son las huellas de una
fiesta que terminó y no volverá a suceder. Quizá
una felicidad que se prolongó un minuto de más,
tal vez una luz demasiado intensa que sobreexpuso el recuerdo
sobre el muro como cuando el sol quema círculos en
el césped.
Y ocurre que para encontrar su forma más acabada, cada
una de las obras de Macchi ha necesitado de un corrimiento
mínimo. Ese que sucede cuando, de repente, la ola comienza
a trepar. No son los grandes cataclismos, los cambios bruscos
de presión ni las descompensaciones abismales los que
producen sus imágenes, sino más bien un sacudón
imperceptible. Un desplazamiento silencioso. Tan aparentemente
inofensivo pero implacable que recuerda la aguja del reloj
que de a saltitos milimétricos va empujando los días.
Hay un clima de lluvia, de eterna lluvia irlandesa, como en
Mercier y Camier de Beckett, que en la obra de Macchi
alcanza el status de una idea metafísica. Una quietud
misteriosa, una gravedad o calma. Un segundo antes: todo parecía
desmoronarse. Un segundo después: la situación
se ha estabilizado. En Les feuilles Mortes, las líneas
de un cuaderno se vienen a pique. Precipitándose hacia
el suelo capturan la irreversible propensión de los
cuerpos a pasar del orden al desorden y luego, quizá,
a desvanecerse en el aire. Y sin embargo, en The Speaker’s
Corner, donde las comillas se hamacan sobre la pared
mientras envuelven citas vacías, en Blue Planet,
donde los continentes del mapa han sido barridos por el agua,
el desorden no surge como la negación del orden, sino,
y principalmente, como la condición ordinaria de todo
movimiento: el resultado de la mezcla automática y
azarosa de las moléculas que andan sueltas por ahí.
La fuerza del mundo de Macchi estriba en que éste nace
precisamente en el instante mismo en que asume su desequilibrio.
Curiosamente, la obra de Macchi no es sólo el registro
de una emoción sino el espacio mental donde se desenvuelve
una lucha: entre la destrucción de la imagen y la búsqueda
de la imagen posible. Jacques Dupin, el poeta, decía:
“En el bosque estamos más cerca del leñador
que del caminante solitario. No es un espacio atravesado por
los rayos del sol y el canto de los pájaros sino su
futuro escondido: trozos de madera. Todo se nos da para ser
forzado, para casi destrozarlo –y destrozarnos a nosotros
mismos”. Como si la imagen sólo pudiera nacer
cuando todas las chances para la vida han sido destruidas,
Macchi explora los márgenes, los finales, los desechos,
lo que queda atrás. Es una cuestión de mantener
una vigilia silenciosa sobre el mundo hasta el último
momento, hasta que éste comienza a quebrarse por la
presión que se ha colocado sobre sus espaldas. Entonces
Macchi recoge las astillas.
Enero
O el sonido del agua al romper contra la arena
Si uno de los fuertes del trabajo de Macchi
es la rapidez y limpieza de pensamiento -cómo une dos
puntos de una idea sin que el pulso le tiemble y sin necesidad
de florete- el otro, a decir verdad, es su consecuencia inexorable:
porque habiendo sido reducidas a lo esencial, despojadas de
ornamento, las obras de Macchi dan el mismo placer formal
que la música. Y entonces se comprende que en realidad
el artista está interesado en problemas que se extienden
fuera del campo de las artes visuales y que lo que él
ha emprendido, desde hace ya varios años, es un enorme
proyecto poético.
Por eso en sus obras, así como en la poesía,
los cruces entre la imagen visual y la acústica se
suceden. Hay obras silenciosas que aluden a la música
de manera directa: en Nocturno los clavos sobre un
pentagrama parecen el intento desesperado por retener una
melodía; las hay abiertamente musicales: en La
Ascensión, una cama elástica colocada debajo
de un fresco veneciano registra la Ascensión de la
Virgen María y, como el parche tirante de un bombo,
evoca el golpe del mazo, mientras la música de una
viola de gamba recrea tristemente el esfuerzo del ser humano
por ganar la inmortalidad: el salto torpe, su breve estrellato
y su inevitable caída a la tierra; y finalmente hay
obras sin acompañamiento musical ni referencias directas,
y que aún así parecieran esconder un metrónomo
silencioso que marca su ritmo interior. Fuegos de Artificio
captura la explosión de la huella de un zapato:
una de esas obras en las que las pausas y los hiatos visuales
parecieran, más que romper la cadencia musical, suceder
bajo su influencia. O bien Horizonte, donde los resortes
que sostienen una fotografía del mar se vuelven las
ondas de un misterioso instrumento de cuerdas, y el horizonte,
una fermata, la notación que en una partitura suspende
o prolonga el sonido por más tiempo del establecido.
Cuando éramos niños nos decían que si
colocábamos un caracol sobre nuestra oreja podríamos
escuchar el rumor nocturno del mar. Más tarde, descubrimos
que, en realidad, lo que sucedía era que, por su forma,
el caracol podía amplificar las vibraciones de los
sonidos más leves de un lugar: el aire que peina la
hierba del jardín, la respiración de un perro
durmiendo al sol, una cortadora de pasto a lo lejos. No serían
otra cosa las obras de Macchi, amplificadores que captan y
reproducen ruidos que en condiciones normales el oído
humano pasaría por alto. Obras como noches que propagan
a través de kilómetros el susurro más
tenue, los roces ligeros que provocan las cosas olvidadas:
la música ambiente del universo.
Febrero
O lo queda cuando la espuma se retira
El filósofo Richard Wolheim solía pasar cuatro
horas por reloj frente a una obra. Escribió: “Desarrollé
una forma de mirar las pinturas que consumía enormes
cantidades de tiempo pero a su vez era sumamente gratificante.
Llegué a reconocer que generalmente me llevaba por
lo menos una hora desembarazarme de todas las asociaciones
dispersas y percepciones erróneas, de ahí en
adelante cuanto más tiempo me quedaba, más parecía
que la pintura me entregaba su secreto”. Las obras de
Macchi, en cambio, no exigen de tanto tiempo frente a frente
porque más que una mirada intensa son imágenes
que necesitan una absorción. Y en eso se acercan poderosamente
a la literatura. Tanto que al final uno comienza a presentir
al artista como el creador de ficciones visuales.
Días después de ocurrido el encuentro sus obras
crecen en la memoria. Rebotan por las habitaciones de la mente
en cámara lenta como objetos dentro de una nave espacial.
Son imágenes que podrían ser tapas de libros
en su poder de condensar historias pero no, son más
bien lo que encontraríamos al abrir el libro si uno
pudiera, literalmente, destilar el relato hasta dar con su
esencia.
Cada persona con una identidad coherente está, a cada
momento, narrándose a sí misma la historia de
su vida, siguiendo el hilo de su propio relato. En el amor
olvidado, el tiempo que no volverá, las almas gemelas,
las historias policiales, los derrumbes, los encuentros azarosos,
los accidentes, Macchi encuentra imágenes para contar
las historias que lo habitan. Y al hacerlo atrapa algo de
su antiguo perfume.
Pero las buenas historias no tienen un principio, un medio
y un desenlace sino que tienen un principio que nunca deja
de empezar o más bien, un final que nunca deja de terminar.
En el mensaje de feliz cumpleaños publicado en el diario
de Historia de amor, flota desamparado el recuerdo,
un barquito de papel en el océano del tiempo; la bolsa
sobre el espejo de un armario busca desahuciada atrapar un
reflejo sin darse cuenta que ese mismo gesto terminará
por sofocarlo. Porque la de Macchi es indudablemente una ficción
que medita sobre la incomunicación. Sobre lugares donde,
más allá del lenguaje que refleja una concepción
del mundo y que supone relaciones humanas, no queda más
que la singularidad, lo inexplicable, lo indecible. Pero también
la realidad incontestable de la existencia.
El universo está hecho de historias, no de átomos.
Eso parecen murmurar las obras de Macchi. En Los sueños
de Einstein, Alan Lightman relata cómo en 1905
un oficinista en Berna que está por terminar un trabajo
al que llama Teoría especial de la Relatividad,
cada noche, durante treinta días, tiene un sueño
diferente: en cada uno de ellos el tiempo opera de manera
distinta. En uno el tiempo es circular, las personas repiten
sus triunfos y errores una y otra vez; en otro no hay tiempo,
sólo momentos congelados. Es un libro que investiga
la naturaleza de la posibilidad y del azar, algo que a Macchi
también lo desvela. Pero alejado del pragmatismo de
aquel protagonista de Lightman que describe la tristeza como
“nada más que un poco de ácido transfigurado
en el cerebelo”, Macchi ha decidido habitar un lugar
donde una verdad emocional puede tener la misma solidez que
una verdad científica.
Marzo
O de espaldas al mar
Las obras de Macchi son lo que un instante después
se vuelve pasado. En un episodio de la serie Twin Peaks
de David Lynch, los demenciales hermanos Horn, echados en
las cuchetas de una cárcel, recuerdan su infancia.
Entonces sus ojos se pierden en la imagen nublada de Louise
Dombrowski, una chica que con tan sólo una linterna
revoloteando en su mano, baila como la llama embrujada de
una vela en una habitación oscura. Ese recuerdo que
años después sigue hipnotizándolos es
el fantasma del amor. Y lo que hace que uno de ellos se pregunte
acaso lo mismo que nos preguntamos cada vez que nos paramos
frente a una obra de Jorge Macchi: Oh, hermano, ¿en
qué nos hemos convertido?
por María Gainza
|