Jorge Macchi, en 100 artistas latinoamericanos / 100 latin american artists. EXIT Publicaciones, Madrid, 2007.

Jorge Macchi, Buenos Aires, 1963

Formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, en 1987 se une al Grupo de la X, colectivo que se opuso al neoexpresionismo de la transvarguardia imperante en esos años en su país natal. Sin embargo, y pese a su formación inicial, el artista pronto abandona el género de la pintura para instalarse en la poética reduccionista del ready-made y del objet trouvé, definiendo la obra de arte como un "misterio a investigar". Encuentros con objetos, accidentes domésticos, paseos improductivos…, las piezas de Macchi nacen de lo anecdótico y de lo casual, de la vida cotidiana de un artista empeñado en construir ecuaciones intelectuales que enredan y confunden nuestros sentidos. En su paleta los signos se descomponen, se deconstruyen, se reordenan bajo nuevas relaciones semánticas y visuales que nos retrotraen a su poder creativo original. En este escenario primitivo, concebido a modo de enigma esencial, los textos no obedecen a nuestra lectura, las imágenes son tan subjetivas que apenas podemos interpretarlas, los objetos se revelan contra su uso habitual, y los sonidos actúan como la banda sonora que acompaña al drama de nuestra existencia. Esto ocurre, por ejemplo, en Música Incidental (1998), donde las crónicas de las páginas de sucesos puestas en línea adoptan el papel de las líneas de una partitura musical que hace evidente la violencia del género humano. Pero también en La Ascensión, presentada por Macchi en el Pabellón Argentino de la Bienal de Venecia de 2005, en la que bajo un fresco barroco, el artista situó una cama elástica que reproducía las curvas y contracurvas de la pintura del techo. La intimidad del espacio se veía reforzada por la oscuridad, y sobre todo, por la pieza musical de Edgardo Rudnitzky compuesta para el evento, y en la que los saltos del acróbata hacían las veces de bajo continuo.
Estas dos piezas que distan casi una década en el tiempo, sirven para dibujar un segmento circular y cerrado en el que obras como Fuegos de Artificio (2002), la serie de fotografías Citas (2002), o Doppelganger (2005), determinan otros momentos clave de su producción. En todas ellas, el mismo trasfondo heurístico: la huella de un zapato sobre una pared se repite y difumina hasta convertirse en explosión pirotécnica, instantáneas de objetos y paisajes que adquieren sentido al ser entrecomillados por el autor, noticias violentas que se reordenan, cruzan y distorsionan para configurar imágenes abstractas muy semejantes a las del test de Rorschach… Cualquier sustancia o circunstancia puede ser la esencia de la operación, como en Buenos Aires Tour (2003), donde un accidente, un vidrio roto -de nuevo la referencia a Duchamp-, superpuesto sobre un plano de Metro, determina la ruta seguida por el artista. El resultado: montones de materiales recopilados y dispersos por el espacio expositivo. Un espacio que en Macchi busca una relación muy particular con un espectador que, atrapado en las dualidades, incógnitas y simultaneidades, parece no encontrar escapatoria y estar condenado a deambular eternamente por el laberinto.

Alberto Sánchez Balmisa