Jorge Macchi,
Arte Contexto Nº 14, junio 2007
Buenos Aires. Galería Ruth
Benzacar
Cada nueva exhibición de obras de Jorge Macchi (Buenos
Aires, 1963) es recibida en Argentina con grandes expectativas.
Macchi es profeta en su tierra: además de ser el artista
contemporáneo más solicitado desde el exterior,
lidera –con la discreción que lo caracteriza-
a una legión multigeneracional de artistas enrolados
en el conceptualismo sensible. Su reciente inauguración
en la sala principal de Ruth Benzacar permite apreciar un
puñado de sus nuevas piezas, diez obras signadas por
señas de autoría a esta altura inconfundibles.
“Si esta exposición fuera un libro –dice
Macchi- sería una colección de diez relatos
breves antes que una novela compuesta por diez capítulos”.
Cada obra es, en efecto, un pequeño relato que se dispara
a partir de una imagen, una sensación, una idea. Los
títulos son cortos y austeros, pero desde su sencillez
colaboran orientando la lectura en una posible dirección.
En este sentido, es preciso señalar que esta es la
exposición más orientada de Macchi, quien junto
a la elocuencia de sus títulos ofrece además
una suerte de visita guiada gráfica en la que mediante
un plano y unas pocas palabras brinda a los espectadores ciertas
pistas poéticas de acceso a las obras. El ejercicio,
en tiempos de conceptualismos duros y herméticos, no
deja de ser interesante: el artista decide envolver sus imágenes
con las palabras que más le satisfacen, generando un
hipotético diccionario de definiciones que calman la
ansiedad de quienes suelen pedir siempre más información,
y agregan un plus de placer textual a quienes gustan de realizar
sus propias interpretaciones.
Damero “es una estructura desnuda”; Atlas
“es una pesadilla cartográfica”; Red
negra “es una transfiguración”; las
tres piezas devuelven la fascinación de Macchi por
los mapas. Más papeles intervenidos en Liliput
(que “es la crónica de un viaje a un mundo mínimo”),
los países recortados y desprendidos de un planisferio,
sueltos sin el esqueleto que los sostiene, manchitas de color
navegando a la deriva sobre un plano que las transforma en
pintura abstracta.
Nube “es un desencuentro perfecto”; La
ciudad luz “es una perspectiva sombría con
un punto de fuga luminoso”, dos obras acerca de ciudades
y sombras, en la primera hay una postal de formato horizontal
y una sombra proyectada sobre la imagen, del mismo tamaño
pero en posición vertical. 5 notas “es una canción
breve y extensa”, una instalación compuesta por
cinco cables de acero tensados de lado a lado de la galería
y que, en su derrotero, atraviesan una hoja pentagramada generando
un metafórico registro fijo de la temporalidad músical.
También con la música -esta vez de su habitual
colaborador Edgardo Rudnitzky- opera Streamline,
video hipnótico que Macchi describe como “una
pieza musical para un instrumento de 5 cuerdas frotadas”,
emparentado con la Caja de música presentada
en la Bienal de San Pablo 2004.
Las últimas dos obras del recorrido son Windows
y Hotel. Windows “es un paisaje urbano
sin personas”; se trata de dos fotografías que
descubren en la ciudad las palabras “el dolor”
y “la emoción” estampadas sobre paredes
como parte de textos publicitarios. Fuera de contexto, palabras
y ventanas dialogan al borde del absurdo. Como cierre del
tour queda Hotel, una de esas joyas en las
que Macchi sintetiza sentimientos mediante recursos tan austeros
como eficaces. Es, también, la pieza que merece un
texto más largo por parte del propio artista en su
manual para los visitantes: “Hotel es un recuerdo.
Está oscuro y la única luz viene de una lámpara
adosada a una pared pintada con motivos decorativos de color
azul. El dibujo, que es nítido cerca de la lámpara,
se desvanece a medida que se aleja de ella”. La obra
no está instalada en un espacio oscuro; Macchi recrea
su recuerdo en medio de la sala, a plena luz, y el efecto
es aún más potente. Mil historias se desprenden
de esa imagen difusa, de la pared de un cuarto de hotel que
no se pudo olvidar.
Eva Grinstein |