Jorge Macchi
– La anatomía de la melancolía
“Show me slowly what I only
know the limits of”
Leonard Cohen
1. El objeto ansioso
En el primer contacto, la obra de Macchi provoca una impresión
desconcertante: la de hallarnos frente a una incertidumbre
de baja intensidad y, al mismo tiempo, poderosa, escondida
dentro o detrás de un objeto que, en principio, se
anuncia a sí mismo como algo formalmente puro e inocuo.
Dicho de manera más simple, la obra de Macchi puede
ser entendida en términos de la diferencia entre la
comprensión lógica que tenemos del mundo y nuestra
experiencia sensible de él. En palabras de Clarice
Lispector, “Pensar é um ato, sentir é
um fato” [Pensar es un acto, sentir es un hecho], un
modo maravillosamente conciso de expresar la relación
entre pensamiento y emoción.
En una obra temprana como Escalón, el simple hecho
de presentar un solo escalón, sustraído de una
escalera, cambia nuestra lectura del objeto de modo tal que,
de pronto, lo vemos como un ataúd irregular y extraño
y, a la vez, como una escalera que no lleva a ninguna parte,
como un escalón en el vacío. Esta forma de encuentro
de distintos sentidos sobre un mismo objeto es típica
del afán de Macchi por producir múltiples capas
de resonancia. Casi como si el objeto estuviera dentro de
una cámara de ecos donde la memoria personal se choca
con ideas filosóficas. Ahora bien, para que esta resonancia
sea posible, el objeto tiene que conservar como cualidad básica
un obstinado silencio, es decir, no es posible hacer demasiado
explícitas sus intenciones sin que la obra corra el
riesgo de volverse didáctica o meramente ilustrativa.
El hecho de que Macchi evite lo ilustrativo o lo didáctico
es, a la vez, una elección personal y síntoma
de un momento histórico. Si el término “arte
post conceptual” existiese, se aplicaría perfectamente
a su obra. Crecer en los años ochenta en Buenos Aires
implicaba vérselas con un panorama artístico
dividido entre la herencia de los conceptualistas políticos,
reunidos en torno a Jorge Glusberg, y la pintura expresionista
de gran escala, cuyo epítome era Guillermo Kuitca.
A riesgo de simplificar excesivamente la cuestión,
podríamos decir que Macchi suma el contenido expresivo
y psicológicamente cargado del pintor al lenguaje visual
claro y puro del conceptualista. Pero, por supuesto, donde
su obra difiere es en el carácter no narrativo de la
expresión. Más que crear escenarios dramáticos
o retablos, la obra de Macchi espera que el espectador aporte
asociaciones y haga su propia lectura. En tanto no se apoya
en una escena ya armada o en un pretexto conceptual, la obra
corre un riesgo mucho mayor de ser incomprendida o tildada
de hermética, pero es precisamente esa sensación
tan cautivante de querer asir una imagen que parece flotar
en el éter la que hace a la obra de Macchi tan emocionante
y difícil de clasificar.
Mucho se ha pensado sobre las conexiones que existen entre
Macchi y el espíritu intelectual de Buenos Aires, como
así también con la filosofía y la poética
de Jorge Luis Borges. Mucha menos atención se ha prestado,
en cambio, a las operaciones formales que organizan su producción,
así como a la dificultad que hay de determinar modos
estables de lectura sobre las obras. En sus trabajos tempranos
más logrados, como Untitled, en el que se ve una almohada
cubierta de vidrios rotos, o Pentagrama, donde otra almohada
aparece fijada con cinco cuerdas a una pared, las lecturas
pueden versar tanto acerca de la violencia política
como del sufrimiento de un insomne que pasó una noche
en vela. Lo importante aquí es que no hay explicación
capaz de agotar las posibilidades contenidas en el objeto,
ni texto capaz de sustituir la experiencia que implica encontrarse
frente a él.
En este sentido, que Macchi elija objetos cotidianos resulta
significativo. Por medio de las operaciones más simples,
estos objetos sufren un proceso de desfamiliarización,
al punto de que lo obvio se vuelve excepcional. Es casi como
si la fracción de segundo que media entre la percepción
y la comprensión hubiera sido ralentizada y cargada
de contenido. Pensándolo así, su obra guarda
paralelos con la de Waltercio Caldas, que logra un similar
sentido de desconcierto. Claro que con un lenguaje más
formal, opuesto a la sensibilidad más emocional y vulnerable
de Macchi. Esta necesidad de aminorar la velocidad y complicar
la brecha que existe entre una imagen y su significado responde,
en parte, a la creciente complejidad de los mensajes visuales
que nos rodean. Jimmy Durham, citando a Gabriel Orozco, dice
que el arte ya no puede aspirar a ser emocionante porque eso
Benetton siempre lo va a hacer mejor. El camino, para algunos
artistas contemporáneos, consiste en comenzar por el
otro extremo del espectro, esto es, por observar lo cotidiano
y tratar de restablecer el sentido y la complejidad por medio
del simple acto de mirar atentamente.
2. Vidas paralelas
En dos obras llamadas Vidas paralelas, dos accidentes ocurren
al mismo tiempo. En una de ellas, una caja de fósforos
abierta muestra los fósforos ordenados de forma idéntica
en uno y otro de sus dos compartimentos; algo que, ciertamente,
podría suceder en el ámbito teórico de
la estadística, pero que nunca esperaríamos
atestiguar. En la otra obra, dos paneles de vidrio aparecen
rotos exactamente de la misma manera.
La relación entre suerte y accidente es una constante
en la obra de Macchi. Por un lado, es posible leerla en términos
metafísicos, como una prueba de que el universo contiene
y prevé todo acto posible, de modo que la posibilidad
de encontrar dos paneles de vidrio idénticamente rotos
es, en última instancia, sólo cuestión
de tiempo, suerte o paciencia. Este es el universo tan elegantemente
descrito por Borges en “La Biblioteca de Babel”.
Sin embargo, la elección del título, Vidas paralelas,
introduce inmediatamente una nota personal y emocional más
allá del alarde intelectual. La búsqueda de
la pareja perfecta, la tentadora creencia de que el alma gemela
perfecta existe, sólo que no sabemos dónde,
es un cliché de la vida sentimental. Por otra parte,
la imagen a la que nos enfrentamos en ambos casos es un accidente,
algo que trastoca el orden previsible de las cosas. El vidrio
roto nos conduce de manera inmediata y directa a otro cliché
emocional: el paisaje dramático de una separación
traumática. Otra vez, contenidos contradictoria y emocionalmente
cargados entran en conflicto entre sí, en ambos casos
a partir de objetos que prácticamente no han sido tocados
por el artista.
Las obras de la serie Vidas paralelas, quizás más
que las de ninguna otra, muestran cuán distante está
la lógica de Macchi de los modelos hegeliano o platónico,
según los cuales, cuanto más puro es el objeto,
más cerca está del arquetipo abstracto. En el
caso de Macchi, cuanto más simple y limpio es el objeto,
más referencias contiene y más personales y
sentimentales son esas relaciones. La estrategia del mirar
oblicuo y concentrado podría incluirse en la lista
de medios de la obra de Macchi; de la misma manera, el sentido
del humor refinado y oscuro. La caja de fósforos y
el vidrio roto resultan casi tontos en su falta de pretensión
y elaboración, pero, al mismo tiempo, lejos están
de parecerse a las obras intencionadamente torpes o adolescentes
de muchos de los contemporáneos de Macchi en la escena
internacional del arte. El carácter esencialmente adulto
de su obra, el aire resignado y nostálgico, son aún
más notables por el hecho de que provienen de un artista
que estaba al comienzo de la treintena cuando produjo algunas
de sus sus obras más delicadas y significativas.
3. Música incidental
Cuando Macchi dejó Buenos Aires en 1996 en busca de
nuevos horizontes, su primera escala fue Duende Initiative,
en Rotterdam. Ése sería el inicio de un viaje
de varios años por distintos programas de residencia
artística en Europa. Semejante paso puede leerse, a
la vez, como un esfuerzo por ir más allá de
las limitaciones de la escena porteña y una manera
de aguijonear el deseo de probarse a sí mismo en un
nuevo contexto. El sentido de desplazamiento, vulnerabilidad
y malentendido creativo que surge siempre que uno se asienta
en un nuevo lugar terminaría siendo el factor central
de su obra en los años siguientes.
Una de las primeras obras producidas en esa residencia, Accident
in Rotterdam, fue un avance decisivo hacia una práctica
más conceptual y un alejamiento de las obras más
esculturales u objetuales producidas en Buenos Aires. En Accident
in Rotterdam, dos autitos de juguete chocan en la intersección
producida en el piso del estudio por la sombra de una ventana.
Una vez más, las referencias abarcan desde la literatura
(Edgar Allan Poe), hasta la sensación de ansiedad que
se tiene al cabo de una separación, tamizadas por un
sobrecogedor sentido de desgracia, dado que el accidente y
la suerte se encuentran una vez más en un lugar improbable.
Esta obra, quizás, más que ninguna otra, sugiere
la existencia de un mundo paralelo al nuestro, y que si lo
buscamos lo suficiente lo vamos a encontrar. Aquí hay
un pasaje del Macchi productor de objetos ansiosos al Macchi
vidente de un mundo misterioso que se encuentra justo debajo
de la superficie de la banalidad. Esta habilidad para encontrar
lo significativo en las cosas cotidianas tiene muy poco que
ver con un lenguaje formal y todo que ver con un refinamiento
de la sensibilidad y con un ojo capaz de detectar lo extraordinario
en lo trillado.
Durante una residencia en Londres, las historias estrambóticas,
violentas y aparentemente insensatas de la prensa popular
británica capturaron la atención de Macchi.
Eran historias de trágicos accidentes que escapan a
toda explicación racional, pero en las que quedan registrados
los momentos más traumáticos de la vida de ciertas
personas. Para su exposición en la Universidad de Essex,
en 1998, Macchi recortó una de estas pequeñas
historias que aparecen en las páginas internas de los
periódicos – la de una babysitter que se había
quedado dormida sobre el bebé al que supuestamente
tenía que cuidar – y la amplió hasta llevarla
al tamaño de la gran vidriera en el frente de la galería.
La escala gigantesca del texto, la magnificación que
experimentó al pasar de una ubicación literalmente
marginal en el periódico a la exposición pública,
obligó a aceptar la naturaleza ridícula y trágica
de la historia y produjo la sensación trasgresora de
que tal historia no pertenecía a este mundo o, peor
todavía, de que de algún modo era graciosa.
Una vez más, basta concentrar la mirada en un objeto
que parece insignificante para que emerjan su relevancia cósmica
y su capacidad de desestabilizar las expectativas.
Macchi llama a este tipo de noticias “música
incidental”, en referencia a las bandas sonoras de las
películas que ayudan a crear un clima, pero que nunca
pasan de ser música de fondo. La instalación
Incidental Music, de 1997, resultó clave en la articulación
del desplazamiento de esa música, desde el fondo al
primer plano; además, fue la primera vez que la música
pasó a ser un elemento esencial de la obra de Macchi.
En Incidental Music, una enorme selección de estas
historias de accidentes y hechos violentos, tomadas de la
prensa popular, aparece pegada en tres grandes hojas de papel.
Las historias están dispuestas en líneas rectas
de modo tal que forman notaciones musicales. Los pequeños
espacios que se generan en los renglones donde una historia
termina y otra comienza son la base de una composición
que puede escucharse con unos auriculares que cuelgan del
techo. Mientras el espectador sigue con los auriculares la
tranquila composición estilo Satie, se crea un ciclo
perceptivo entre la belleza formal de la obra y la naturaleza
sangrienta y aleatoria de las historias. La música
misma está tomada por la tensión entre intención
y accidente, dado que las notas surgen de una decisión
que nada tiene que ver con las leyes de la composición;
aún así, no podemos evitar buscarle un propósito
y un sistema a esa música con tanto empeño como
intentamos encontrar una razón que explique la existencia
de estas historias y un modo de justificarlas o entenderlas.
El uso que hace Macchi de la música señala
nuevamente una diferencia fundamental respecto del tropo musical
en la modernidad, considerado entonces la forma de arte ideal
y más pura. Al generar música a partir de historias
sensacionalistas de violencia, o con delgadas hebras de cabello
humano (A.B.) o mediante la disolución de las notas
con gotas que podrían ser de lluvia o lágrimas
(La Tempesta), Macchi se vale de la música casi como
de un ready made cultural, como de un imán al que se
adhieren estereotipos y atribuciones personales y colectivas.
En la obra Time Machine, de 2005, hace un loop con finales
de películas de Hollywood de la década del cuarenta,
de modo de crear la banda sonora de una película de
terror a partir de los heroicos cierres de los films originales.
4. Rotterdam o cualquier parte
El traslado de Macchi a Rotterdam en 1996 fue crucial: allí
adoptó una más clara actitud de flâneur
frente al mundo que lo rodeaba, como si se hubiese convertido
en una antena capaz de sintonizar el potencial absurdo de
la vida cotidiana. Con la serie Monoblock, Macchi
había descubierto la potencia poética que reside
en el acto de sustraer el texto de las hojas impresas, de
modo de dejar en éstas una profunda ausencia (si es
posible el oxímoron). En la serie de mapas recortados,
Macchi creaba nuevamente la metáfora visual de un mundo
de ausencia y añoranza. La Guía de la inmovilidad
es una guía de la ciudad de Buenos Aires a la que le
han extraído todas las manzanas; sólo queda
un remanente esquelético de la ciudad. En un cierto
nivel, estas sustracciones ponen de manifiesto la inversión
entre primer plano y fondo que se da en la mayor parte de
la obra de Macchi. En este caso, en un nivel a la vez formal
y de contenido. La transparencia del papel genera una contaminación
visual a causa de las manzanas faltantes; al mismo tiempo,
ciertas expectativas son defraudadas, pues es el camino mismo
el que se transforma en destino, en la medida en que no hay
edificios ni puntos de referencia, sino sólo líneas
de conexión.
La idea de mapa psicológico o de recorrido por la
experiencia de una ciudad fue concretada en Buenos Aires
Tour, proyecto en colaboración con la poeta María
Negroni y el compositor Edgardo Rudnitzky, asiduo compañero
de trabajo de Macchi a partir de entonces. El proyecto marcó
el regreso de Macchi a Buenos Aires después de muchos
años en Europa. Este libro-guía alternativo
de Buenos Aires fue para él la manera de renegociar
y redescubrir su propia ciudad. Más que una ciudad
vacía, Buenos Aires Tour representa un camino
a través de distintos barrios y experiencias intensas.
Si bien es cierto que, dentro del arte contemporáneo,
la producción de mapas se ha convertido prácticamente
en un cliché, la aproximación que hace Macchi
a su entorno debe más a la necesidad de encontrar una
estructura capaz de contener sus ambivalentes reacciones al
entorno que al intento de ilustrar un determinado fenómeno
social o cultural. El libro-guía, en Buenos Aires
Tour, subvierte todo lo que podríamos esperar
de una guía turística: incluye hasta el facsímil
de una nota escrita por un suicida y encontrada en una de
las caminatas.
Más o menos por la misma época en que trabajaba
en Buenos Aires Tour, Macchi se dedicó a realizar
otro cuerpo de obra que implicaba caminar por la ciudad recogiendo
rastros. Víctima serial representa uno de
los ejemplos más contundentes de una sensibilidad librada
a su propia suerte en la ciudad. Varios tipos de inscripciones
y señalizaciones urbanas fueron filmadas en una secuencia
de la que resulta un mensaje violento, paranoico y amenazante.
Lo que el mensaje da a entender es que todo el mundo efectivamente
está ahí afuera para agarrarte, es sólo
cuestión de saber leer los signos. Este paulatino y
selectivo filtrarse de un contenido emotivo en textos funcionales
o comerciales se produce también en muchas obras hechas
con periódicos recortados, en las que una frase sola
queda colgando en el hueco practicado a un papel.
5. De aquí a la eternidad
Desde su primer vídeo, La flecha de Zenón,
hasta el más reciente Vanishing Point, Macchi
se ha interesado por las representaciones del infinito. En
el vídeo, la paradoja de Zenón se traduce elegantemente
a la cuenta regresiva del comienzo de una película,
de modo tal que la subdivisión del último segundo
retrasa indefinidamente el inicio del film. Un principio similar
se aplica en Vanishing Point, donde el diseño
del empapelado parece desaparecer en el ángulo de dos
paredes. En ambos casos, la comprensión lógica
del infinito queda explicada y contradicha simultáneamente
por aquello que tenemos delante de nuestros ojos.
La representación visual del infinito es uno de los
grandes problemas que han acosado a científicos, artistas
y filósofos durante siglos. La imposibilidad de encontrar
un equivalente visual de la idea de una extensión continua
y sin fin de nuestro espacio físico demuestra que cualquier
intento de hacerlo se revelará de inmediato como algo
limitado e incompleto. Estas obras en las que Macchi arma
una estructura mental para hacernos pensar el infinito
mientras vemos el infinito plantean una de las preguntas centrales
de su producción. Si no podemos confiar en que nuestros
ojos nos digan la verdad, porque el conocimiento no puede
ser probado por medio de la visión, ¿cómo
podemos aspirar a organizar el mundo visualmente si estamos
desgarrados entre lo que sabe nuestra mente y lo que ven nuestros
ojos? La obra de Macchi parecería sugerir que si bien
no podemos confiar en lo que vemos, es lo único
en lo que podemos apoyarnos. Lo que ves ciertamente no es
todo lo que hay, pero es un punto de partida tan bueno como
cualquier otro.
Gabriel Pérez Barreiro
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